A LA COMUNIDAD DIOCESANA

Carta del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia

Queridísimos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

Antes que nada quiero dirigirme a tantas y tantas familias que habéis sufrido la muerte de personas muy queridas en vuestras familias o entre vuestros amigos, y deciros que hago mías vuestras lágrimas y vuestro dolor y que ruego y ofrezco diariamente el santo sacrificio de la Eucaristía por estas personas tan queridas, a las que ni siquiera en la mayoría de los casos habéis podido acompañar ni despedir, y también por vosotros amadísimas familias y amigos, con quienes me siento muy cercano, identificado y unido: os quiero. Son muchos miles las víctimas, y son las primeras, además, en nuestro cariño y memoria.

En estos momentos de dolor universal no tengo otra palabra de aliento y esperanza que ofreceros que ésta: Jesucristo, que ha vencido la muerte y vive, es verdad, la más grande verdad. Quisiera trasmitiros, una vez más, a todos un palabra de aliento y esperanza: Dios ha resucitado a Jesús y ha roto las ataduras de la muerte, no era posible que la muerte lo tuviera bajo su dominio; pensad esto y en esto. Es verdad; no hemos sido rescatados con bienes efímeros, con oro o plata, sino con la sangre de Cristo mismo, Hijo de Dios vivo y misericordioso: esto es lo que vale el hombre, esta es su grandeza y dignidad, la de todo hombre, esto es lo que cuenta a los ojos de Dios, así nos ama Dios; y, aunque muy tristes y desalentados Jesús, que vive, sale a nuestro encuentro, como en el camino de Emaús y nos hace mirar y abrir las Escrituras que nos hablan en todas sus páginas de Él, y da sentido a nuestra historia, a nuestras vidas, a nuestros desalientos y desesperanzas.

No hay nada más verdadero ni con mayor densidad de realidad y realismo, garantía y fuerza de futuro y de presente, que esta fe. Ahí está la raíz de nuestra esperanza, ahí está y tenemos el fundamento para la vida del hombre, siempre, y más aún en esta situación tan difícil que nos envuelve. En la misericordia de Dios, Él quiere la vida para el hombre, para todo hombre, nos ha creado redimido para Él, nos ama, su amor es más fuerte y ha vencido la muerte, y enjuga nuestras lágrimas y consuela nuestro llanto.

Soy consciente y comparto el deseo y la petición que estáis haciendo a vuestros Obispos: Queréis recibir a Cristo en persona, realmente, deseáis estar junto a Él, que se cumpla en medio vuestro la súplica de los desalentados discípulos del camino de Emaús, -solos, en huida, envueltos en criterios y planes propios, por muy nobles que fuesen- le piden que se quede con nosotros, que se quede entre nosotros, porque lo queréis vivo en vuestras vidas, porque lo amáis y deseáis de verdad y corazón. Alguno me pregunta, llamándome “padre”, si habrá que seguir dejando  a los hijos sin comer hasta que ellos pidan el alimento, y si como padre tengo que llamar a los hijos a comer,  vencer el miedo para no enfermarse: como “padre” que soy y me siento, nada me desgarra más mi corazón y me lo traspasa que el no poder dar a todos el alimento, el pan de vida, y no por miedo, sino por caridad, no poder llamar a todos a tomar este Pan, por deber de los mandamientos de Dios. Y pienso lo que sufrirá un padre que se haya quedado sin trabajo y no pueda dar a sus hijos el alimento que necesitan, que no coman, ¿habrá algo más doloroso para un padre que esto, no darles el pan y que se queden los hijos sin comer? Comprendedme, por favor, algunos no lo comprenden y esto aún me hace sufrir más.

Pues bien, en la situación de confinamiento que dura tantos días estáis anhelando algo que es un signo muy esperanzador, y es que anheláis, con verdadero deseo, esa presencia suya, de Cristo, Pan vivo bajado del cielo para la vida del mundo, para alimentarnos y darnos vida, y lo estáis expresando con vuestra oración y súplica desde lo más hondo de vuestro ser, que venga, que venga y que se quede, que se haga presente, y estáis manifestando también este deseo de Él, acudiendo a la Sagrada Escritura para hallar en ella una palabra de consuelo, de alivio, de esperanza y encontráis en ella que esta palabra no es otra que Jesucristo, siempre la misma y única, que sigue diciéndonos: “vivo, vencedor de la muerte”, salud de los enfermos, salvación, “venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”, “aprended de mí”. Y buscando en la Sagrada Escritura, encontráis a Él y decís de verdad como Pedro en nombre de los demás discípulos: ¿A dónde iremos?, sólo tú tienes palabras de vida eterna, Y la verdad y certeza es que sólo tiene palabras de vida eterna y estáis, al tiempo, aprendiendo de Él, de sus enseñanzas, en el silencio, en la oración en el deseo ardiente de Él, junto a la familia; invocando a María, nuestra Madre, estamos aprendiendo que no somos más que hombres, criaturas frágiles y débiles, pobres pecadores, susceptibles de caer y derrumbarse, de pasar y tener miedo, de temblar asustados por lo que pueda pasar y venir, y que necesitamos de Dios, que sin Dios nada podemos, sin Él que nos ha creado y redimido y para Él somos; nada podemos sin su amor  misericordioso y por ello le decimos: “¿hasta cuándo me esconderás tu rostro, hasta cuando voy a estar preocupado todo el día  y afligido? Atiéndeme y socórreme, porque Tú eres nuestro auxilio. Sólo de Ti nos viene el consuelo”; estáis expresando con vuestro gemido de oración que tenemos sed de Dios como tierra reseca y sedienta, sin agua. Al mismo tiempo todos estamos aprendiendo que Dios es Dios y no está lejos de nosotros, está tan cerca que podemos invocarle con la confianza y certeza de que nos escucha porque está a nuestro lado, más aún está dentro de nosotros; y estamos aprendiendo, Dios nos enseña en el silencio, o en la compañía de los nuestros que cuando se tiene a Dios, se tiene todo, y que cuando no lo tenemos nos falta todo y nos hundimos si Él nos falta, perecemos sin la voz, la palabra de Jesucristo, presente, sin abandonar la barca, que amaina las aguas turbulentas que nos angustian. Todo esto está siendo, queridos hermanos y amigos, garantía de que es verdad que Cristo vive, que está vivo, presente en medio nuestro. Necesitamos volver a Él, buscarle, hallarle, dejando el hombre viejo y abandonando las obras de las tinieblas y caminar en la Luz que es Él, y sólo Él.

Y otra cosa más: ¿nos estamos dando cuenta de otro signo de Dios, amor y misericordia, de lo que es y significa la familia, casa, hogar de Dios?: pues en ella nos amamos con un solo corazón, lo compartimos todo, los sufrimientos y tristezas, las alegrías y gozos, las penas y esperanzas, los anhelos, todo lo tenemos en común, escuchamos y leemos la Palabra de Dios juntos, juntos oramos, y juntos sentimos y experimentamos la solicitud por los otros y querríamos ayudarles, y les ayudamos realmente, y juntos nos perdonamos unos a otros y se nos pasan los enfados y resquemores, nos unimos más y nos apoyamos más,  vivimos y sentimos el mismo anhelo unificado, es decir: que Jesús venga a nosotros y nos alimente con el único alimento que sacia y que tantísimo necesitamos, su pan de vida, su cuerpo. ¿No son estas las notas de la primitiva comunidad cristiana?¿No son estas las notas de la Iglesia?¿No es cierto como se viene diciendo en la larga tradición eclesial, hecha de obras y palabras, que la familia es la pequeña iglesia doméstica, donde Cristo está presente y mora?¿No es esto también un don de Dios que nos hace ser Iglesia, casa de Dios?¿Y no querremos decir esto a los demás, que cuando se vive así, en ese amor, en esa fe, Jesucristo vive y actúa en nosotros, en medio nuestro, nos enseña sus llagas,  y que sólo en Él, salvador, que Dios ha resucitado, tenemos la esperanza, no queríamos que todos viviesen esta buena noticia y desearíamos llevarla a que los demás la conozcan, la sigan y la vivan y compartamos juntos este un mismo sentir, don de Dios y que es Dios, Dios con nosotros?

Esto quiere decir que estamos viviendo una Iglesia de fe, que confía en las promesas de Dios, abierta a la esperanza. La gran esperanza de vida eterna, nuestra resurrección y que esa Iglesia siente la urgencia de ser signo de su amor entre los hombres, y de vocación a la vida eterna, que tiene predilección por los pobres y los que sufren, los débiles y vulnerables, como en estos momentos vemos en los ancianos a los que tantísimo debemos – todo- y en los niños, una Iglesia llamada a servir y a dar la vida, y que estamos palpando tan luminosamente en los que están dejándose la piel, la vida, en situaciones muy precarias incluso en multitud de casos de carencias básicas y debidas, dejando o dando sus vidas por servir, por ser ayuda, salud, consuelo, alegría, de los enfermos y contagiados, de los ancianos, de los vulnerables, que nos dejan admirados a todos, como los primeros cristianos admiraban por su caridad y su alegría: es uno de los signos más bellos y evidentes que Jesucristo vive y que su amor perdura y está vivo. Ante todos ellos mi agradecimiento, mi reconocimiento sin límites y mi alegría admirada por ser lo que son y porque me hablan de Dios, y de lo que Él es capaz de hacer cuando a Dios se le deja ser Dios y lanzarse a responder positivamente con hechos palpables a la pregunta siempre inquietante desde los primerísimos tiempos de la Humanidad: “¿Dónde está tu hermano?”. Su respuesta está siendo la que vemos en todas estas personas: Ahí está, en los que me necesitan; respuesta similar a la que dio Cristo, pero cambiando o sustituyendo los que preguntan que hoy son los entendidos y “sabios” de este mundo: “¿Dónde está Dios?”. Ahí responde Cristo, ahí responde la Iglesia: en la Cruz, la cruz de la pandemia, amando, y difundiendo amor por los hombres.

¡Cuántas lecciones nos está dando Dios, cuántas enseñanzas nos está dejando que debemos aprender!¡cuántos ejemplos a imitar y seguir por parte de las familias unidas, que oran y escuchan la Palabra de Dios juntos, y buscan y desean el Pan de la vida que se sacrifica, por parte de quienes en hospitales o residencias de mayores están dejando su vida a girones por los demás, los más vulnerables, por los que a través de Cáritas, de otras instituciones e iniciativas están compartiendo lo que tienen, o en tantos sacerdotes que en su ministerio parroquial, o en el ministerio de la pastoral de la salud están ofreciendo un servicio impagable y silencioso a los demás sin nada a cambio, o en tantas monjas y personas consagradas que con su vida están dando un testimonio tan valioso como el de la caridad hecha oración por los otros más necesitados: ¡qué bien lo está haciendo Dios con todos ellos y ellas!,¡ qué bien lo estáis haciendo!, sois signo de que Cristo vive, sois signos de que Él está presente en la Iglesia, sois signos de Iglesia, os felicito, os doy un millón de gracias y pido por vosotros para que no desfallezcáis y sigáis con esa valentía, con esa firmeza, con esa alegría y ese temple que son un regalo de Dios del que nos sentimos orgullosos porque es obra de Dios con la que nos ha enriquecido en todo por su Hijo Jesucristo.

Pues bien, hermanos, esto es lo esencial de nuestra vida como hombres nuevos renacidos en el Bautismo, a esto nos invita y apremia Dios en estos momentos, a que vayamos a lo esencial. Y a esto mismo nos está llamando el Sínodo Diocesano que el amor de Dios y su misericordia nos impulsó a convocar, iniciar, continuar, y, en su día, cuando toque y sea posible, concluir: a ir a lo esencial siendo una Iglesia evangelizada y evangelizadora: evangelización en obras y palabras, evangelización que es dar testimonio de lo que hemos visto y oído, anunciar a Jesucristo vivo y dar testimonio de Él con una vida nueva, con un estilo nuevo conforme al Evangelio.

Os tengo que decir, queridos hermanos, una cosa que he aprendido: que reflexionando sobre todo lo que nos está aconteciendo, viendo, oyendo y palpando todo esto ya tenemos escrito con letras indelebles por tan variado y rico testimonio de fe y de amor, el “instrumento de trabajo” del Sínodo Diocesano y elaboremos, a partir de todo esto, las conclusiones, que habrán de expresar que por encima de todo está Dios y el hombre, Dios que ama al hombre; sólo Dios, revelado en Jesucristo, presente en su Iglesia, revelado en Jesucristo, en su rostro humano, y éste habría de ser de ser el horizonte de nuestra Iglesia diocesana, y de todos los diocesanos, porque sólo así estaremos por el hombre y lo serviremos; que la santidad, o vida de unión con Dios, con su Hijo único Jesucristo, por obra del Espíritu Santo, y ser santificados por Él, ha de ser objetivo prioritario y primero de todos en la Iglesia diocesana, para llevar el Evangelio al mundo y meterlo en el corazón del mundo, transformándolo desde dentro con la fuerza del Evangelio; la vida de oración y de adoración, de escucha y lectura asidua de la Palabra de Dios y de ponerla en práctica, personalmente y en las familias o en las parroquias, ha de ser centro y núcleo en la vida de las comunidades y fieles que todos somos, nuestra fuerza y sabiduría y alimento cotidiano; que la Eucaristía ha de ocupar el lugar central y esencial en la vida de todos, particularmente de los sacerdotes, y que hemos de alimentarnos de ella, y de su adoración, en la que Dios es santificado, los hombres son santificados por Él, llenos de su amor, nos hace vivir y obrar de su mismo amor y con su mismo amor llevando ese amor suyo y su paz a todos los rincones especialmente a los que estén más necesitados de su misericordia y de la paz.

Debo añadir, después de todo lo que acabo de decir y señalar como horizonte, que me perdonéis ahora porque todo lo que estamos viendo, oyendo y palpando no anula, sino al contrario lo enriquece, el trabajo y las aportaciones de cuantos habéis participado en el itinerario sinodal con sus Comisiones técnicas y grupos, y vuestras aportaciones que se recogen en el libro que será el “instrumentum laboris”, casi ultimado según me informan, de la Asamblea Sinodal y soporte de sus conclusiones que serán presentadas para su aprobación, escuchando cuanto está aconteciendo.

En varios momentos a lo largo de esta Carta para expresar el ser e identidad de la Iglesia y de la fe que en ella y por ella profesamos y vivimos, he hecho alusión a la caridad, que es la única virtud que permanecerá en la vida eterna, de la que seremos juzgados en el último día en el juicio de misericordia, que tendremos. Por eso añado ahora, no como un apéndice o estrambote, sino como el mismísimo corazón de la Iglesia y de los creyentes: en la primitiva Iglesia todos compartían y tenían en común y ponían a disposición de todos cuantos bienes poseían. Es hora de compartir, servir y dar la vida, como hemos recordado que ahora muchos están haciendo. Pero se avecinan tiempos, están ahí ya, en que se nos apremia y urge a las obras de caridad y de misericordia,  caridad, que va más allá de la justicia y la incluye porque reclama un nuevo orden y no precisamente el nuevo orden mundial, tan nefasto, y prometen un cambio epocal,  no precisamente con lo que propugnan los movimientos catalogados en la Nueva Era: Es predecible y así nos los están diciendo de todos los lados que nos vamos a enfrentar a un gran crisis social, económica y política. Ahí hemos de estar presentes los cristianos, como cristianos, como testigos de un mundo nuevo,  una humanidad nueva, como testigos de Dios vivo y edificadores de una nueva civilización del amor, testigos de caridad para tomar parte y contribuir de forma concreta y medidas eficaces y justas a la solución de esa crisis grandísima: sin duda que el primer signo de caridad que habrá que alumbrar es que la Iglesia sea Iglesia, Iglesia de Dios que, como la nueva Jerusalén de la que nos habla el libro del Apocalipsis, bajada del Cielo, sea Iglesia de la verdad que nos hace libres y se realiza en la caridad, edificada sobre la única piedra angular que es Cristo, testigo de la verdad y del amor de Dios inconmensurable, y que dé y entregue lo que ha recibido y es su tesoro y riqueza única sin callarse es decir: la fuerza del Evangelio, una Iglesia que evangelice a tiempo y a destiempo, porque el Evangelio es fuerza de salvación para los hombres, que dé a conocer con obras y palabras a Dios, su amor y su rostro, Jesucristo, el único nombres en el que podemos obtener la salvación. No lo olvidemos: la Iglesia no tiene otra riqueza  ni otra palabra que ésta: Jesucristo, pero ésta no la podemos callar ni silenciar, ni la dejaremos morir. E inseparablemente, una Iglesia que, fiel  a la verdad,  ofrezca el testimonio de su unidad inquebrantable, como el Padre y Jesús son uno para que el mundo crea porque solo la  fe salvará el mundo y es donde está nuestra victoria, la victoria de la Iglesia que vence al mundo y a la mundanización de nuestras vidas de hombres, criaturas de Dios, débiles, necesitadas y pobres pecadores, vulnerables, que, al mismo tiempo, no pueden vivir sin Dios o al margen de Él como si no existiera. Estamos en el mundo pero no somos del mundo, y el servicio ineludible  por amor y caridad que hemos de ofrecer a todos los que viven en el mundo es la semilla de la fe, que dé frutos, la levadura de la vida nueva en Cristo, la sal y la sabiduría de la caridad, el fermento de la esperanza.

Y la sal de la caridad: tenemos una oportunidad que no deberíamos dejar pasar en estos precisos momentos es la de nuestra aportación económica a los que están pasando hambre ya, a los parados, y a las empresas pequeñas, a las Cáritas parroquiales y Diocesana, que tanto están haciendo y tan bellos gestos están ofreciendo. Otro día os escribiré muy en concreto sobre esta ayuda, deber, que os pido y os ruego encarecidamente: Seamos generosos; la Conferencia Episcopal ha apelado a esta generosidad de todos, incluso con nuestro sueldo (por lo que a mí se refiere ya he dado las órdenes oportunas en este sentido, a quien debo dárselas para que las ejecute); la diócesis, como tal, también ha recibido y estudiará las directrices para que la diócesis entera esté en primera línea ayudando en esta atención prioritaria, aunque deje de hacer otras cosas: lo primero es lo primero. Como expresión de la caridad, nuestro compromiso social y público, político. Y digo lo mismo a las parroquias. Pero también la diócesis  y las parroquias, Cáritas, necesitan las ayudas de fieles, de instituciones, de negocios y empresas para que conforme a sus posibilidades ayuden. Un medio muy eficaz es el que ya conocéis por anteriores campañas puestas en marcha en las que destaca nuestra diócesis: Coopera en el portal “donoamiiglesia.es”, que se concreta ahora en “YO TAMBIÉN SOY PARTE, AYUDA A TU PARROOUIA Y TE AYUDARÁS A TI MISMO. DONA A TU IGLESIA, AYÚDALA”, las parroquias y la obras parroquiales de caridad, muy cercanas a vosotros, son las primeras beneficiarias de esta campaña. Sed muy generosos, ayudadnos, lo necesitamos también para ayudar porque lo que tiene la Iglesia, como decía Santo Tomás de Villanueva, el gran santo renovador de la Iglesia diocesana de Valencia,  es por los pobres, de los pobres y para los pobres. ¡Ánimo, AYUDA, DONA  A TU IGLESIA!  Esto también es evangelizar y se requiere estar evangelizado para obrar conforme a lo que la Iglesia nos pide. Se me ocurre una cosa que pido a nuestros Colegios diocesanos: Ofreced comida gratuita a todos vuestros alumnos necesitados, dadles de comer y en la medida de lo posible ayudad con comida a los padres que lo necesiten. También pido a Cáritas que abra espacios para dar de comer, comedores, como también sabéis hacerlo. Abramos espacios adecuados en nuestra diócesis, que los hay, a los sin casa o sin techo; felicito y agradezco a parroquias, órdenes e institutos de vida consagrada por vuestra rapidísima respuesta a poner a disposición de la diócesis estos espacios, habéis sido muy generosos, queridos religiosos y religiosas y queridas parroquias. SOMOS UNA FAMILIA, FORMAMOS UNA UNIDAD, sigamos así porque eso es un don de Dios, hoy. ¡Gracias y que Dios os pague como sólo Él sabe hacerlo! Vivimos en Valencia una Iglesia evangelizada que se siente llamada y enviada a evangelizar, siguiendo, con la cruz y el despojamiento, a Jesús el primer evangelizador.

Estamos esperando nuevas orientaciones y directrices de cómo habremos de proceder dentro de unos días, en el mes de mayo, en y con los actos religiosos. Sabemos que el Presidente y el Obispo-Secretario de la Conferencia Episcopal están manteniendo conversaciones con el Gobierno. Ya nos dirán. Pero sí que debo decir a todos que durante los más de cuarenta días del confinamiento por la pandemia, las directrices que hemos dado los obispos, en general, y yo mismo aquí en la diócesis de Valencia, han ido y van encaminadas, a cumplir con la Ley de Dios, que en su quinto mandamiento nos manda guardar, promover y defender la vida, preservarla, la nuestra y la de los demás: y eso es lo que estamos haciendo: preservar de posibles contagios y extensiones de la pandemia letal del covid-19, ni ser contagiados ni contagiar: es un deber absoluto que Dios, su voluntad, quiere de nosotros; ¿no estamos haciendo eso también, defender y promover la vida, ante las lacras terribles del aborto o de la eutanasia, del suicidio asistido, de la guerra, de la drogadicción, etc. etc.? Y además, ¿no es el primero y principal mandamiento amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos?¿No es el mandamiento nuevo, el de la caridad, “amaos unos a otros como yo o he amado? ¿Qué está por encima de la caridad? Y añado otra consideración: si – Dios no lo permita jamás- hubiese algún caso de contagio por reunión en la Iglesia, como, sin duda han podido ser otras reuniones de gentes que todos tenemos presentes que sí han sido causantes muy mucho de la extensión de la pandemia en España, digo pues, si hubiese el más mínimo caso  de propagación por causa o negligencia en la Iglesia o de la Iglesia, en seguida no faltarían corifeos propagandísticos que  nos echasen despiadadamente a nosotros las culpas, como Nerón culpó a los cristianos de los incendios por él provocados en Roma, y desató las iras de los ciudadanos de Roma y se lanzaron en persecución terrible y cruel de los cristianos, de todos, fuesen los que fuese y lo que fuesen. Aunque no somos del mundo, estamos en el mundo y hemos de ayudar en lo que es justo y en el bien común, hemos de ayudar a los Gobiernos ya los representantes de la autoridad y rezar por ellos, como nos pide el apóstol Pedro. Y no hagáis caso de campañas orquestadas, que probablemente aunque puede haber otras intenciones, están a través de las redes sociales enviando mensajes de alguna manera recriminatorios o reivindicativos frente a la jerarquía de la Iglesia que en lugar de abrir caminos, los cierran. La prudencia es muy necesaria en estos momentos.

No se me puede pasar por alto y dejar en el olvido que vamos a entrar en el mes de mayo, Mes de María, mes en que celebraremos la fiesta de nuestra Señora de los Desamparados, aunque de manera distinta a años anteriores o a otros años, mes en que conmemoraremos las apariciones de la Santísima Virgen de Fátima, que tantas bendiciones y enseñanzas ha traído para la Iglesia y el mundo entero, mes de las flores a María, que es nuestra esperanza y nuestra Madre del Cielo que nos ama. Os voy a pedir una cosa: QUE EL DÍA PRIMERO DE MAYO A LAS SIETE DE LA TARDE EN TODAS LAS CASAS RECEMOS EL SANTO ROSARIO Y ASÍ SE ELEVARÁ UN CLAMOR HASTA EL CIELO QUE LLEGUE A NUESTRA MADRE, LA VIRGEN MARÍA, POR LA LBERACION UNIVERSAL Y FINAL DE LA PANDEMIA DEL COVID-19.

Ya sabéis, que no se os olvide: el día 1 de mayo, en el comienzo del mes de María, a las siete de la tarde, en todas las casas, rezaremos juntos el santo Rosario; aunque estéis solos: rezadlo, los demás cristianos os acompañamos.

Y acabo, exhortándoos a permanecer firmes en la caridad, constantes en la oración, asiduos en la escucha de la Palabra de Dios, fieles a las enseñanzas de la Iglesia, incansables en la búsqueda y afirmación de Dios como Dios, el sólo y único necesario, y en el anuncio y testimonio del Evangelio, con una vida nueva y un estilo o modo nuevo de vivir conforme a este evangelio, conservando la unidad con el vínculo de la paz, que nos da cristo y brota del amor, acompañado de la fe en sus obras y de la esperanza.

Con mi bendición, mi oración y mi amor estén con todos vosotros. Rezad por el Papa y por mí, pedid por el cese de la pandemia. Vuestro Obispo, pastor, padre y hermano.

Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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